«La última vez que la vi fue el 31 de diciembre, en La Palma del Condado. Allí, donde una estación vieja y abandonada todavía puede considerarse un privilegio en una provincia acostumbrada a vivir entre promesas grandes y demasiadas necesidades pequeñas».

Hace ya una larga semana decidí volver a escribir para reflexionar sobre tres cosas: la amistad, el tren y el arrepentimiento. Fue un accidente el que nos devolvió de golpe a una realidad incómoda: aquello que dábamos por garantizado no solo acumulaba retrasos, parones y apagones, sino que había terminado por romperse por completo. Y con ello, la vida de muchas familias, en un viaje de domingo que debería ser rutinario.

La última vez que la vi fue el 31 de diciembre, en La Palma del Condado. Allí, donde una estación vieja y abandonada todavía puede considerarse un privilegio en una provincia acostumbrada a vivir entre promesas grandes y demasiadas necesidades pequeñas. El año terminaba con el funeral más benévolo posible: despedir a una vecina que había disfrutado de más de un siglo de vida.

Yo, sin embargo, me quedé helado al verla. Avergonzado. No por falta de afecto, sino por exceso de evidencia: no había estado pendiente, no había preguntado lo suficiente, no me había preocupado de verdad cuando debía. Me bastó mirarla para saberlo.

Entonces ella hizo lo que hacen las personas buenas —las que no te pasan factura y, aun así, te dejan en evidencia—: sonrió con esa alegría limpia que no se negocia y me despertó de la vergüenza para darme un abrazo.

Hay amistades que, a veces, se demuestran al revés: no por lo que uno hace, sino por cómo te trata el otro pese a lo que hiciste —o dejaste de hacer—. Una sonrisa puede afirmar más que una conversación larguísima. Una mirada puede recordarte quién eres cuando ya estás demasiado ocupado siendo “el que no tiene tiempo”.

Hablamos. Nos pusimos al día. Yo me prometí —con esa seriedad breve que tienen las promesas íntimas— que había que vernos más, que tenía que venir a Sevilla, que algún día, con Fátima, iríamos al teatro o a un concierto. Me fui con una sensación nueva: la de que un propósito de enmienda, cuando por fin se activa, alivia. No borra nada, pero empieza a poner orden.

El tren debería haber sido para Patricia la más absoluta seguridad. Ese trayecto que, aunque debería tardar la mitad, en un pueblo como La Palma te deja Madrid a mano: te bajas y te queda “una calle y media”. En una vida que ya venía con demasiados golpes, al menos el tren ofrecía continuidad y calma. Por eso duele tanto que lo que parecía “lo más seguro” se convirtiera en la grieta.

Aquí el arrepentimiento se ensancha. El personal, el mío, que ya estaba ahí el 31 de diciembre, cuando la vi y me vi. Y el colectivo, que es más incómodo porque se disfraza mejor: el de una sociedad que se acostumbra a aspirar a lo superlativo mientras se le cae lo básico. Huelva como símbolo cansado: siempre “merece” algo grande y, por eso mismo, se le posterga lo necesario. El AVE prometido como consuelo retórico. Como quien halaga para no cumplir.

El tren era ese lugar para la tranquilidad: donde pensar, soñar, reflexionar, donde arrepentirse o simplemente descansar. Era todavía esa vieja locomotora de Juan Ramón Jiménez, lenta y segura, avanzando sin estridencias por el paisaje, como si el viaje —y no la prisa— siguiera siendo lo importante. Nunca un lugar para morir.

Y sí: “sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que…” —en nuestro caso— la cruz es el triunfo de la vida. Y que en mayo lo celebraremos con nuestra pena, pero también con tu alegría, Patricia.

Fernando Mañes Izquierdo

 

 

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