Paquita, una de las abuelas más longevas de La Palma del Condado, cumple 90 años rodeada de su mayor legado, su familia.
El 23 de marzo de 1936, en una España herida por la incertidumbre de la guerra, nació Francisca Pérez. Nadie podía imaginar entonces que aquella niña, criada en el seno de una familia humilde, acabaría convirtiéndose en el corazón de una de las sagas familiares más queridas del Condado de Huelva. Noventa años después, su nombre —aunque pocos la llaman así— sigue siendo sinónimo de cariño, entrega y unidad. Porque Francisca es, para todos, simplemente Paquita.
Hija de Antonio y Dolores, su infancia transcurrió entre la sencillez y los valores que marcarían su vida para siempre. Junto a sus hermanas Carmen y Antonia, creció primero en Villalba del Alcor, donde comenzaron a forjarse los lazos de una familia que pronto emprendería un nuevo camino. La vida las llevó a La Palma del Condado, un lugar que no solo se convertiría en su hogar, sino también en el escenario donde echarían raíces profundas.
Allí, las tres hermanas pasaron a ser conocidas como “las villalberas”. Y no era solo un apodo: era una forma de reconocer su origen, pero también su forma de ser. Mujeres cercanas, alegres, de sonrisa constante y manos siempre dispuestas a ayudar. Porque si algo ha definido a Paquita a lo largo de su vida no ha sido únicamente su fortaleza, sino su capacidad infinita para darse a los demás.
Su historia de amor con Pepín Alcalde es otro de los pilares de su vida. Juntos no solo compartieron matrimonio, sino también trabajo y esfuerzo. En la actual calle Paulino Chaves, ambos ejercían como telefonistas, en una época en la que ese oficio era mucho más que un empleo: era una conexión directa con la vida cotidiana de todo un pueblo.
Se casaron en la parroquia de San Juan Bautista de La Palma del Condado, comenzando una historia que daría lugar a una gran familia. Cuatro hijos —Amelia, Antonio, Lola y Raquel— fueron el inicio de un árbol genealógico que no ha dejado de crecer con los años: 29 nietos, 28 bisnietos —y tres más en camino—. Una cifra que impresiona, pero que cobra aún más valor cuando se entiende que detrás de cada número hay un vínculo, una historia compartida y una raíz común.
Porque en esa familia hay algo que no se mide en cifras: el amor. Un amor que también guarda memoria, como la de ese “ángel en el cielo” que, como dicen los suyos, sigue cuidando de todos desde lo alto.
El 1 de junio de 2010 marcó un antes y un después. Pepín fallecía pocos meses después de que ambos celebraran sus Bodas de Oro, rodeados de hijos, nietos y abrazos. Fue una despedida llena de emoción, pero también el reflejo de una vida compartida hasta el último momento.
Desde entonces, Paquita ha continuado siendo el eje sobre el que gira todo. Siempre disponible, siempre atenta, siempre presente. Su casa —y su vida— han sido refugio para quien lo necesitara. Porque Paquita no entiende de medias tintas: su entrega es completa, silenciosa y constante.
Entre sus pasiones, hay tres que dibujan perfectamente su esencia: la oración, como expresión de su fe profunda; la costura, reflejo de sus manos trabajadoras y creativas; y Juan y Medio, ese pequeño guiño cotidiano que arranca sonrisas y acompaña tantas tardes.
Este pasado sábado, La Palma del Condado fue testigo de algo más que una celebración. En un salón preparado con esmero, su familia le ofreció una sorpresa a la altura de lo que ella representa. No estaban todos —la vida, a veces, no lo permite—, pero sí estaban los suficientes para llenar el espacio de emoción, recuerdos y gratitud.
Allí no se celebraban solo 90 años. Se celebraba una vida entera dedicada a los demás. Se celebraban los valores que no pasan de moda. Se celebraba, en definitiva, el privilegio de tenerla.
Este lunes, 23 de marzo, Paquita cumple 90 años. Y aunque el tiempo avance, hay cosas que permanecen intactas: su sonrisa, su mirada y ese don tan suyo de hacer sentir a cada persona como en casa.
Porque hay vidas que se cuentan en años, y otras —como la de Paquita— que se miden en huellas. Y la suya, sin duda, es imborrable.
