La patrona de Escacena del Campo protagoniza una peregrinación histórica en el 425 aniversario de su patronazgo, entre fe, memoria y calles llenas de devoción.

En Escacena del Campo, donde la tradición pesa tanto como la luz del amanecer, hay días que no son como los demás. Días en los que la historia se echa a andar y el pueblo entero camina con ella. Así ocurre cada cinco años, cuando la Virgen de Luna regresa al origen de su devoción: el Prado que lleva su nombre.

Al despuntar el alba, con el sol apenas asomando entre los campos, la imagen sale de la iglesia envuelta en ese silencio expectante que solo precede a lo importante. Poco a poco, el murmullo se convierte en emoción compartida. La Virgen avanza, y con ella, su gente. No es solo una procesión: es un reencuentro.

El camino serpentea por calles conocidas —Nuestro Padre Jesús, la Fuente, la Cuesta del Hospital— hasta abrirse al campo, donde el aire parece distinto. Allí, en el Prado de Luna, todo cobra sentido. Es el lugar donde, según la tradición, comenzó esta historia siglos atrás, cuando ya en el siglo XV los carmelitas levantaron una ermita y sembraron una devoción que no ha dejado de crecer.

La memoria se remonta aún más lejos. Fue en 1601 cuando, en medio de una peste que azotaba la villa, el pueblo proclamó a la Virgen como su patrona. Así lo recogió fray Juan de las Ruelas en sus escritos, testigo directo de una fe que nacía del miedo, pero que acabaría convirtiéndose en identidad.

Cuatro siglos después, en 2001, ese vínculo se materializó en un templete levantado en el Prado, símbolo visible de una historia invisible pero profundamente arraigada. Desde entonces, cada quinquenio, la Virgen vuelve a ese enclave para renovar el pacto silencioso entre la tierra y sus gentes.

Este año, sin embargo, la cita tiene un matiz especial. Se cumplen 425 años de aquel patronazgo, y la efeméride no es solo memoria, sino también reconocimiento. Lo que durante siglos fue un nombramiento civil será proclamado canónicamente, con el respaldo de la Iglesia, en un jubileo que se abrirá en agosto y se prolongará hasta diciembre.

Pero antes de eso, el pueblo ha vivido su día grande, acompañada de devotos y de los ‘Cantores de Luna’ la Virgen ha llegado hasta el Prado de Luna. Tras la misa en el Prado, la Virgen emprendeió el regreso, deteniéndose en la Plaza del Mulero, donde se ha inaugurado un monumento conmemorativo. Tras ello ha continuado su recorrido por calles que rara vez pisan sus andas, como si quisiera abrazar cada rincón, cada historia, cada vecino.

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